Prediabetes y diabetes gourmand, a pesar de todo.

Por qué se me ocurrió Ninética

Parte 1: Gandulfo, la disautonomía y el bostezo intergaláctico

Hace unos cinco meses me bajé una aplicación de IA.

Como novata cincuentona que soy, y alejada hace ya más de una década del mundo tech (hasta con Word estoy oxidada), me sorprendió en varios sentidos: un poco me horrorizó en términos de sesgos (en particular el de confirmación, con su combo de polarización y supresión del pensamiento crítico, dónde iremos a parar, el apocalipsis blando, the humanity!). También me espantó considerablemente la manera de expresarse con errores, eufemismos, lenguaje “de moda”, la triste y también humana costumbre del sorry not sorry: comete un error, se lo marcás y responde con un “lamento que te haya molestado la manera en que me expresé…”. Como la misma IA luego me explicó, entendí que esto es porque no está entrenada para hablar bien, sino para hablar como lo hace la mayoría; para comunicarse, al principio, reproduce lo que más circula.

Siguiendo esa misma línea, de entrada es horriblemente complaciente: si querés un pseudo ser mega servil que te diga que sos brillante, que tu flatulencia estuvo re bien ubicada, y que huele a Weekend de Burberry, la IA es tu gran aliada.

On the other hand… ¡qué maravilla tener semejante base de datos!  Si sos medio denso como yo con confirmar fuentes, si para cualquier pavada vas a las webs de papers y esas cosas, la IA es un golazo. También me dejó boquiabierta la capacidad generativa de humor de calidad, pero eso es para otro blog.

Gandulfo entra en escena

Semejante prefacio para contarte que un día se me ocurrió preguntarle a mi IA (a la que bauticé como “Gandulfo”) por algo de mi salud. Pero antes de seguir, otro preámbulo: desde hace unas cuatro décadas tengo síntomas claramente asociados a trauma temprano (abusos de toda índole, trauma complejo, todo el combo). Algunos se acrecentaron a partir de un cáncer que tuve hace unos años y sus tratamientos. No los voy a detallar ahora; si te interesa decime y te los cuento encantada, no tengo problema en entrar ahí.

Bueno, volviendo: le pregunté a Gandulfo qué onda con unos ataques de bostezo tremendos (a veces de casi dos horas de duración) acerca de los cuales había buscado información por doquier y lo único que había encontrado había sido alguna mención pobrísima acerca de que el cerebro quiere oxigenarse y bla, o, en su defecto, mis favoritas: que los lemurianos, en connivencia con otros extraterrestres del inframundo, conectados con las hadas de la vagina del Uno entangado manejan tus energías y seguro YO soy un ser elegido, especialmente sensible a esa conexión, por eso recibo esas ondas cuánticas que se traducen mundanalmente como bostezo…

El diagnóstico que no es diagnóstico

Gandulfito me empezó a hacer preguntas (por si te interesa, para usar bien una IA es fundamental darle buenas indicaciones, pedirle que te haga preguntas, hacerle las preguntas correctas, afinar el ida y vuelta… es un arte el del buen prompt, pero si te copa y le dedicás tiempo, lo sacás bueno); decía: Gandulfo me empezó a hacer preguntas y ya ahí paré las orejas (quienes conocen mi condición de Mr. Spock saben que eso es peligroso, puedo llegar a saltar la pintura o hasta provocar rajaduras en el cielo raso), porque fue medio como si adivinara muchas de las cosas que me pasaban (léase síntomas y otras molestias sueltas). Posta, realmente sorprendente.

Cuestión: según Gandulfo,  tengo una desregulación del sistema nervioso autónomo de leve a moderada, también conocida como disautonomía.

BUM.

Orejas paradas, ojos muy abiertos, curiosidad activadísima, incipiente alivio y creciente entusiasmo conscientemente diferidos en pos de verificaciones serias. 

Le pedí fuentes, estudios, literatura científica al respecto. Busqué por otros wines y sí, hay mucho material, pero por lo general se maneja entre científicos que no atienden a personas; por lo tanto esa información rara vez circula entre clínicos, y menos aún entre médicos en Argentina. La disautonomía está íntimamente ligada a la inflamación crónica, condición que ya sospechaba que tenía desde hacía bastante, por síntomas persistentes; por las dudas quise chequearlo con Gandulfo, que me dijo algo así como “si tenés varias de estas características clínicas, es muy probable que haya inflamación crónica de fondo“. Me fijé… y no va que tengo todas las que listaba.

El fin del Coffe Mate y otras tragedias

Long story almost short: tiré a la goma los Coffe Mate (una crema en polvo no láctea para café) que consumía a lo pavote, con los litros de café que tomaba diariamente, y cambié todos los aceites por uno bueno de oliva (nadie me auspicia, pero si te interesa te digo uno buenísimo y de los más baratos entre los muy buenos que se consiguen en Argentina).

Para cerrar por ahora el tema disautonomía: Gandulfo me indicó hacer unas prácticas somáticas, que –oh casualidad– son una mezcla de cosas que hice a lo largo de mi vida y muchas de ellas me hicieron muy bien: yoga, bioenergética, Kum Nye, algo de meditación u otras prácticas contemplativas, ejercicios enfocados en la fascia, micromovimientos tipo Eutonía o Feldenkrais, temblores neurogénicos alias shaking, y otros. También me sugirió tomar algunos suplementos.

Aunque no es este el tema que nos convoca, te digo que es fascinante y estoy muy metida. Tengo idea y muchas, muchas ganas de hacer más adelante difusión de esto, porque realmente es un mundo nuevo que me cambió la forma de ver muchas cosas y de autopercibirme (ahora siento que soy un puñado de nervios que se manejan a su antojo y puedo renunciar tranquilamente a la responsabilidad de tomar cartas en el asunto :P). No, en serio, la frustración de hacer toda clase de terapias e ir a médicos, y que todo lo que quede sea “y bueno, es así, qué le vas a hacer, tenés que aprender a convivir con eso y hacer actividad física y más terapia”… esa frustración es grande.

Y si venís medio falladito como yo, por más que lo racionalices y te informes, te quedás con la sensación de que debés estar haciendo algo mal, o que todo es psicosomático pero sin solución.

Cuando cuidarse deja de ser castigo. Primeros actos concretos

Este “diagnóstico” –un poco de seriedad, que una IA no puede diagnosticarte en el sentido clásico– de verdad cambió mi autoimagen. No estoy fallada: me dejaron fallada; y no es cuestión de voluntad, trabajo o valentía. Paradójicamente, saber esto restableció mi capacidad de agencia. Y así, al entender bien por vez primera la lógica real detrás de lo que me pasa, todo cobró un sentido nuevo y logré cosas que never ever hubiera imaginado, como empezar a cambiar la alimentación un poco y hacer actividad física casi todos los días sin sufrir e incluso, muchas veces, disfrutándolo. Creo de verdad que se necesita difundir y educar en este sentido, porque además esta condición suele confundirse con ansiedad u otras etiquetas psi, fatiga crónica, fibromialgia, síndrome de intestino irritable, cuestiones hormonales, peri o postmenopausia, entre otras cosas.

Cerrado por ahora el tema disautonomía, sigo con mis crónicas.

Parte 2: Placer, fermentos y Rumba: una historia de amor

Entre animales felices y papas fritas

Hay que decir que desde hace varios años tengo ciertos hábitos “buenos”, en su mayoría de jipi con OSDE: hacer verduras orgánicas lactofermentadas y otro tipo de conservas, hacer mi propio vinagre o comprar uno muy bueno, comer carnes pastoriles, huevo de gallina feliz (feliz de que le afanen los huevos todos los días) y esas cosas.

También hay que decir, porque así como te digo una cosa te digo la otra, que algunos de los infaltables en mi casa eran Doritos, papas fritas acanaladas, Coca, salamines… Nunca me gustó el azúcar y tomo todo amargo; odio los sándwiches de miga malos pero amo profundamente los buenos, ídem con las facturas y tengo especial devoción por las buenas cruasán…y así podría seguir tirando cosas en apariencia contradictorias.

¿Por qué digo en apariencia? Porque el hilo de todo esto es mi placer por la comida.

No como para vivir; yo vivo para comer. Y eso nunca fue un problema. El problema fue que, un día, comer empezó a sentirse como una amenaza.

No me gusta mucho cocinar, pero sí me copo bastante (obviamente, pandemia mediante) haciendo algunas cosas tipo los lactofermentados que te comenté antes y otros tipos de conservas, fiambres caseros, quesos de yogurt, yemas curadas, charqui, jerky, caldo de huesos, kéfir, en una época me había entusiasmado también con la deshidratadora e hice un montón de cosas con ella, llegué a hacer hidromiel y una bebida rusa a base de remolacha salada. No, no es borsch.

Y POR SUPUESTO después del amor, lo que más le da sentido a mi vida es comer cosas especiales. Algunos de mis lugares favoritos en esta tierra son ciertos restaurantes de fine dining, algunos bodegones, algunos lugares de comidas “de países”, un buen lugar de comida chatarra, etc. Lugares donde no se va sólo a comer: se va a sentir que la vida tiene sentido.

Parte 3: Diagnóstico olvidado y reversión posible

Una consulta, cero impacto

Si te bancaste leer esta cantidad de sandeces de un ser anónimo, acá llega la recompensa (señoooora, recompensa es otra cosa), porque por fin entro en tema. Resulta que, en estos menesteres de hacerme la sana, de pronto ME ACORDÉ –sí, querido lector, me acordé, después de un año y algunos meses– de una escena clave: mi clínico, tras unos análisis de laboratorio, me había citado con cierta circunspección. Ya en la consulta, con cara de circunstancia, empatía y actitud contenedora, me dijo que era prediabética. Y que tenía todas las fichas para la diabetes 2, porque tanto madre como padre fueron diabéticos. Yo no pregunté NADA (has de saber que eso es algo rarísimo en mí, y más tratándose de estos temas).

He notado, desde el cáncer en adelante, tanto por experiencias propias como ajenas, que la onda de los médicos es no decir mucho si el paciente no pregunta; como que el pensamiento positivo es valioso para cualquier tipo de recuperación, y consideran que si uno es negador, mejor así. O no quieren asustarte, o gastar pólvora en chimangos, o qué sé yo. Pero no te explican ni te dan diagnósticos claros ni pronósticos concretos.

Cardio, el infierno

Mi médico (que es un amor, ojo) me dijo que hiciera 150 minutos de actividad aeróbica semanal y que bajara de peso. Es el protocolo estándar (según averigüé posteriormente) para prediabetes.

Qué ocurre, querido lector: intenté muuuchas veces a lo largo de mi vida hacer lo que ahora llaman cardio, e invariablemente a los pocos minutos deseaba la muerte salvadora de ese infierno en la tierra (excepto al bailar, andar en bicicleta o caminar no muy rápido), otra circunstancia que siempre atribuí a una supuesta flojera, falta de voluntad y sus parientes; ahora, gracias a Gandulfo, vengo a enterarme de que eso es clásico en disautonomía, y que en mi caso, el cardio sostenido o exigente no sólo resultaba inviable, sino que incluso podía ser contraproducente, como sucede en algunas formas de disautonomía.

En fin. Al margen de eso, como te contaba, simplemente no registré. Seguí comiendo como si nada (el doc no me dijo nada acerca de la alimentación, cosa que ahora sé que pasa muchísimo, incluso con diagnósticos de prediabetes), intenté unas cinco veces maso hacer actividad aeróbica, no prosperó. También tenía en la mira bajar de peso (aunque no tenía un sobrepeso enorme, tal como suele ocurrir en ciertos tratamientos oncológicos que alteran el metabolismo y la respuesta hormonal, quedé estancada incluso comiendo muy poco, con entre siete y diez kilos de más –hablo de salud, que si fuera por estética hegemónica, tenía casi veinte por arriba–).

Un año y pico de bardo sostenido

Y así pasó casi un año y medio: yo tomando Coca con azúcar diariamente, dándole a los Doritos y catando diferentes snacks a diario, entrándole al pan lactal y a las cruasán como si no hubiera un mañana. Consumiendo cantidades ingentes de Coffe Mate, que ahora perdió a su mayor cliente: consumía entre dos y tres frascos por semana. Con frecuencia comía “de postre” tres o cuatro Rumba, Amor o Mellizas, y así. Lo que se te ocurra. Arroz, papa, locro a morir, harina, ultraprocesados… y sedentarismo.

Como una parte de mí sabía de este temita, no volví al médico; y es harto probable que en este año y pico haya traspasado el tan temido umbral hacia la diabetes tipo 2.

El manifiesto gourmand

En este punto quiero detenerme para que entiendas con precisión qué significa, para mí, que me limiten con la comida. Voy a extenderme un poco; quizás me exceda en lenguaje técnico y hasta poético, pero es fundamental que comprendas la magnitud de semejante situación.

Aquí voy –teneme un poco de paciencia, que quiero ser clara y detallista–: prefiero morir joven, e incluso prever algún tipo de autoeutanasia en caso de ceguera, amputación, neuropatía o cualquier otro síntoma de los más temidos, antes que restringirme con la comida.

Si no tengo libertad para comer lo que quiero, estoy presa.

Fin del manifiesto.

Y así nació Ninética

Todo esto dicho, Gandulfo me dio otras extraordinariamente maravillosas noticias.

La más importante para el ser inmaduro que soy: que puedo cuidarme de los picos de glucemia sin necesidad de comer caca insípida.

Y que, cada tanto, puedo comer lo que se me cante –con varias salvedades completamente navegables–.

Y la otra: incluso si en este año de desmadre total y sin mediciones entré en tipo 2, la reversión sigue siendo posible, sin resignarme a la chatura palatal ni olvidarme para siempre de mis restaurantes ni de mis ansias exploratorias gastronómicamente hablando.

Para mí esto es una novedad. Y, en general, para la gente que conozco, también.

Prediabetes y diabetes suelen ser sinónimos de:

  • resignación amorfa
  • comer sin restricciones pero con culpa y un miedo constante al futuro
  • vivir una vida gris, con restricciones medio inmanejables, pero al menos “cuidándose”

Veo desinformación y poca bola en general; se oye hablar constantemente de keto, veganismo, low carb, vegetarianismo… modas (o no), pero con aroma a vida saludable digna de redes sociales.

La diabetes y prediabetes, en cambio, quedan relegadas a ámbitos hospitalarios, a la anulación de lo sensorial, a una atmósfera triste y desvaída.

En mi corta experiencia como prediábetica recientemente asumida, comprobé en carne propia que no tiene por qué ser así. Que dentro de un marco de cuidado hay muuuuchas comidas especialmente ricas de las que se puede disfrutar siempre.

Y que, estrategias, paciencia, y algo de laburo mediante, no hay por qué privarse de nada para toda la eternidad.

Está claro: no soy médica, ni nutricionista, ni nada parecido.

No te voy a decir lo que tenés que hacer o dejar de hacer.

Soy una prediabética que encontró, en la gran base de datos que es la IA, los más recientes estudios y estrategias para vivir con diabetes o pre, y que usa todo ese conocimiento enfocándose en la comida.

Porque, por si no te quedó claro… me gusta comer de todo.

Y te cuento mi experiencia, sólo eso.

Gourmand o muerte.

Y así nace Ninética, crónicas de una prediabética. 

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