Precozmente te pido me dispenses, querido lector. Temo herir almas sensibles. Lejos de mí la intención de promover disenso confrontativo, que quede claro. Si sos susceptible te pido que saltees la línea a continuación.
La lechuga, para mí, es una porquería.
Podés seguir leyendo.
Ya sabés que me gusta casi todo lo que puede comerse. Pero la lechuga… No es que me desagrade; es que la detesto por anodina. Su sabor insignificante e insustancial, su impune insipidez… atentan contra mi cosmovisión gourmand.
Hace un tiempo –tengo unos cuantos hábitos de jipi con OSDE, ya sabés– pedí un bolsón de verdura de una huerta orgánica (maravillosa, by the way, ya vendrá post). Y al recibirlo, oh, sorpresa: como mil kilos de lechuga. La muerte en vida.
En un acto de osadía culinaria se me ocurrió ponerla en la licuadora con aceite y ajo. Llenaba la licuadora de lechuga y en cuarenta segundos me quedaban tres centímetros de pasta. Long story short: le puse los mil kilos de lechuga, un poco de kale, agua y un puñadito de almendras. Sal, y al final sentí que le faltaba ácido y le tiré unas gotas de jugo de limón.
Cual no sería mi sorpresa cuando probé lo que había quedado: un manjar atroz que me conmovió hasta el tuétano.
Puse la preparación en cubeteras grandes en el freezer, y luego guardé los cubos en ziploc. Después, unos segundos de microondas y en un periquete la tenés lista para comer.
¡Y de pronto me convertí en una persona que compraba lechuga!
Trastornos identitarios al margen, más adelante la hice sin agua y quedó muy distinta, pero deliciosa por igual.
Y más adelante aún me anoticié de mi condición de glucodiver, y cuál no sería mi alegría al saber que puedo seguir comiendo este falso pesto del amor, libre como vos cuando aprendiste a leer etiquetas.
Habitante de Zona Franca™
Este elixir verde, noble, exquisito y ultra versátil es una de las estrellas ilustres de las preparaciones que viven en Zona Franca™. Ese espacio de alivio mental y refugio emocional para nosotros, los glucodiver. Ese edén en el que podemos comer sin pensar –ni medir, ni pesar, ni contar, ni calcular–, sin límites y con mucho placer.
Qué lleva
Muy poco:
- Hojas verdes crudas
- Ajo
- Aceite de oliva
- Sal
- Limón o vinagre
- Agua (si querés aflojar la textura)
Se mete todo en una licuadora y listo. Sin medidas, sin precisión. Solo hay que saber que si le ponés agua se vuelve más liviana, fresca y rendidora. Y si no se la ponés queda densa, untuosa y con más cuerpo.
¿Qué hojas verdes usar?
Cualquiera. Chau.
A mí me gustó mucho con lechuga como protagonista; no sólo por su tremenda reivindicación, sino porque realmente te deja una salsa (o pasta, no sé en realidad cómo llamarla) fresquísima y muy sabrosa.
Podés hacerla también con espinaca, acelga (blanqueada o no previamente), kale, rúcula, albahaca, hojas de zanahoria o rabanito –no me digas que no sabías que se comían… ya vamos a hablar– y cualquier combinación según estación, precio, ganas y gusto.
Probé agregándole un poco de albahaca y no me gustó; le cambió completamente la onda. Pero para gustos, colores.
Una idea de lo que aporta cada hoja a este falso pesto del amor:
- Lechuga: (jamás pensé que diría esto) frescura, volumen, delicadeza.
- • Espinaca: textura suave, tono vegetal muy amable.
- • Acelga/kale: más cuerpo, más carácter.
- • Rúcula/albahaca: perfume, carácter, elegancia.
Cómo podés usarla
Como quieras.
Como untable.
Como salsa tibia para una carne.
Como topping de sopa.
Como aderezo de casi cualquier plato.
Una cucharadita de una, cuando necesitás una ráfaga de frescor, energía y placer.
Y sobre un huevo –frito, duro, revuelto o como venga– es una delicia que no te puedo explicar.
Es el tipo de descubrimiento que te hace pensar: ¿cómo no lo hice antes?
Pero mirá si se me iba a ocurrir darle bola a la lechuga…
Bonus track: ¿le podés poner queso o frutos secos?
Claro. Queso parmesano, sardo, reggianito, nuez, almendra, castañas…
Queda riquísimo, aunque ya lo tenemos que mandar fuera de los límites de Zona Franca™ porque aunque siga siendo metabólicamente seguro, ya no entra en la categoría de consumo irrestricto.
Y esto únicamente porque en Ninética somos muy rigurosos. Porque, salvo que te zamparas un kilo, el impacto glucémico de este falso pesto seguiría siendo clínicamente irrelevante. Digamos, siendo conservadores y meticulosos, que una cucharada generosa sigue calificando como CeroG –al menos hasta nuevo estudio randomizado que diga lo contrario–.
Todo muy lindo Ninética, pero ¿qué me aporta, además de placer?
Mirá, querido lector: si me preguntás a mí, ya con que algo sea rico y CeroG, yo soy muy feliz. Obviamente tengo que nutrirme adecuadamente, pero que algo aporte en ese sentido no es condición suficiente para mí. Que no se enteren los fundamentalistas del metabolismo saludable.
Sin embargo esta preparación, además de placer y tranquilidad glucodiver, es una joya metabólica:
🌿 Hojas verdes crudas
Bajas en carbohidratos netos, altas en fibras, folatos, vitamina K1, y fitonutrientes con propiedades antioxidantes. Dan volumen, frescor, saciedad sin carga glucémica. La lechuga, en particular, aporta agua, textura y una cierta neutralidad que potencia los demás sabores.
🧄 Ajo
Contiene alicina, un compuesto azufrado con efectos antiinflamatorios, antimicrobianos y posibles beneficios sobre la sensibilidad a la insulina. Además da carácter, profundidad y un leve picor aromático que redondea la mezcla.
🫒 Aceite de oliva extra virgen
Grasa buena de verdad. Rico en ácido oleico, con efectos cardioprotectores, antiinflamatorios y reguladores del metabolismo lipídico. Además, vehiculiza los compuestos liposolubles (como los carotenoides de las hojas verdes) y genera una textura cremosa insuperable. Para saber bien qué aceite deberías (sí, deberías) usar en pos de no ser engañado por una botella mentirosa, andá al post de grasas.
🧂 Sal
No sube la glucemia. Realza el sabor, despierta los verdes y potencia el limón. Bien dosificada, es una aliada. Tratá de usar siempre marina o rosada del Himalaya, que no están altamente procesadas ni tienen aditivos como la refinada, la común de mesa. Y ojo con la rosada trucha: si te tiñe demasiadoo el agua, te vendieron gato por liebre. Si estás en protocolo bajo en sodio, podés moderarla o usar versiones con potasio.
🍋 Limón o vinagre
Ácido cítrico o acético: ambos ralentizan el vaciamiento gástrico, lo que puede reducir el pico glucémico de lo que comas después. Además, aportan frescura, equilibrio, y cortan la grasitud del aceite con un golpe de vivacidad. Ya vendrá post sobre vinagre, aguardame en línea.
💧 Agua (opcional)
No aporta nada nutricional, pero transforma la textura y vuelve el preparado más rendidor, liviano y fresco. Ideal si querés una salsa para usar a cucharones.
Leé las etiquetas
No, nada que ver. Quería recordártelo, no sea cosa.
Redimida la lechuga. Calumnia rectificada, agravio retirado, difamación desmentida, no me queda más que recordarte que valores –y sobre todo, hagas uso– de estas maravillas de la gastronomía que son rápidas y fáciles de hacer, sencillamente almacenables, baratas, CeroG y, claro, sobre todo… riquísimas.
Gourmand o muerte

Bibliografía respaldatoria
- Lettuce Glycemic Index, Nutrition Facts
- Clinical Trials on Role of Garlic (Allium sativum) in Managing Diabetes: Systematic Review
- Vinegar supplementation lowers glucose and insulin responses and increases satiety after a bread meal in healthy subjects
- Lemon juice, but not tea, reduces the glycemic response to bread in healthy volunteers: a randomized crossover trial

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